Muchas empresas en Ecuador están invirtiendo en paneles solares y soluciones de energía alternativa. Los beneficios son reales y bastante simple: reducción de costos, mejora de indicadores ESG y posicionamiento de marca.
Pero hay una parte del modelo que casi nunca se discute: qué pasa cuando esos paneles dejan de funcionar.
Un sistema fotovoltaico tiene una vida útil promedio de 20 a 30 años. Eso significa que los primeros proyectos instalados hace dos décadas ya están llegando al final de su ciclo, y pronto millones de paneles deberán ser retirados y, en el mejor de los casos, reciclados correctamente.
Según el Plan Maestro de Electricidad (PME), en 2023 Ecuador tenía alrededor de 29 MW instalados en energía solar, con una meta de alcanzar aproximadamente 950 MW al 2030. Para dimensionar esto, cada megavatio (MW) requiere entre 50 y 70 toneladas de paneles solares. Es decir, el crecimiento proyectado implica también un crecimiento directo en el volumen de residuos futuros.
A pesar de que la adopción de energía solar ya se ha extendido desde la industria hacia el comercio y los hogares, la conversación sobre qué hacer con esos paneles cuando dejan de funcionar prácticamente no existe. Se habla de instalación, eficiencia y retorno de inversión, pero rara vez del final del ciclo. Y sin esa visión, lo que estamos haciendo es bastante claro: estamos resolviendo un problema energético, mientras empezamos a construir otro. Una nueva categoría de residuos que todavía no está en el radar.
Se estima que para 2030 Ecuador podría generar entre 3.500 y 5.000 toneladas de residuos fotovoltaicos, principalmente por daños prematuros o renovación tecnológica. Pero el verdadero punto crítico viene después: hacia 2050, cuando los proyectos que hoy se están licitando completen su vida útil, el volumen podría alcanzar entre 120.000 y 150.000 toneladas.
Hoy, la mayor parte de estos residuos se almacena, se abandona o termina en sistemas que no están preparados para tratarlos correctamente. Y esto no ocurre porque no se puedan reciclar, sino porque hacerlo es complejo, costoso y todavía no es una prioridad.
Reciclar un panel solar no es un proceso simple. No fue diseñado para desarmarse, sino para resistir décadas en condiciones extremas. Técnicamente, es una estructura multicapa: entre 75% y 80% es vidrio templado, alrededor de un 10% es aluminio en el marco, además de silicio como material semiconductor y pequeñas cantidades de metales como cobre y plata. El reto está en cómo están unidos. Las celdas están encapsuladas con un adhesivo permanente que se fusiona con el vidrio, lo que obliga a utilizar procesos térmicos de hasta 500 °C o tratamientos químicos agresivos para separar los materiales.
El problema evidentemente no es técnico. Es que todavía es invisible, no esta en el radar
Actualmente, la infraestructura para el reciclaje de paneles solares en el país es limitada. No porque no existan tecnologías o procesos, sino porque aún no es un tema prioritario en la agenda. Esto no significa que la energía solar sea un error. Al contrario, es una parte clave de la transición energética. Pero asumir que es completamente “limpia” sin considerar su fin de vida es una simplificación. La sostenibilidad no se define solo en la generación de energía, sino en la gestión completa del ciclo de vida.
Entonces ¿vamos a esperar a que el problema sea evidente… o vamos a empezar a planificar desde ahora?
